Friday, December 21, 2018

CESAR GRACIANO: CUENTOS UNICOS (Micromentario 4)


Micromentario Literario  Juarense 4 | § Brevelituras

CÉSAR GRACIANO: CUENTOS ÚNICOS
JM GARCÍA, NMSU
Agosto 2018

He vuelto ha leer Cuentos únicos y secundarios (2017) de César Graciano. Me parecen admirables el empleo de recursos literarios y el ejercicio poli-paródico de cada uno de sus relatos.

De entrada diré que Cuentos únicos y secundarios es un laberinto de máscaras y espejos donde el autor real (César Graciano) inventa un autor llamado ‘César Graciano’ (el uso de comillas es necesario).

Y ‘César Graciano’ nos presenta un ‘prólogo’ titulado ‘Para empezar’ y un ‘epílogo’ (‘Notas de escritor’) y nos ofrece una ‘antología’ con nueve ‘autores’ y sus ‘notas biográficas’, todo dentro de un mundo de fractalidades ficticias.

Y en ese laberinto literario también habrá una galería de dedicatorias y de epígrafes (de los que no hablaré aquí, pero sin duda son claves referenciales de los juegos paródicos de Graciano).

De hecho, la parodización del género de la antología promete otros niveles de lectura, desde el título que parodia la antología de Javier Marías, hasta la reunión de voces juarenses que no lo son (¿habrá alguna cripto-referencia al libro Narrativa juarense contemporánea?)

Cuentos únicos y secundarios es pues, un laberinto de heterónimos (a la manera Fernando Pessoa) que son trozemas ficcionales del autor real: César Graciano, que son puestas en escena de un repertorio de personajes-autores que por alguna razón ‘tocaron tierra’ juarense.

Comencemos pues. ‘César Graciano’ escribe lo siguiente en su prólogo: ‘Antologar es tarea de Sísifo: no se ha terminado de reunir los textos cuando ya salieron diez más, luego se descartan cinco y llegan siete, al final son solo corazonadas las que llevan a terminar el trabajo.’

Este ‘César Graciano’, nos habla del título y de la estructura de su cuentario: ‘La antología está dividida en dos partes: Cuentos únicos y Cuentos secundarios. Cuentos únicos es la producción cuentística de sus autores, que por diversas razones (la mayoría por fallecimiento) sería imposible que volvieran a escribir. Los cuentos secundarios son, como el nombre lo indica, los segundos cuentos de su respectivo autor, pero con una condición: se aclaró que ya no escribirán más.’

Los nueve autores-personajes (si contamos a ‘César Graciano’ serían diez entes ficcionales), vivieron sus propios mega-dramas (resumidos esquemática e irónicamente en fichas de entrada).

Por ejemplo: ‘Braudel Castro’ fue asesinado de un disparo en la cabeza. ‘Mónica Jáuregui’ fue una poeta ‘muerta con señas de violencia sexual’ (nadie reclamó su cadáver). ‘Osvaldo del Campo’, fue un transexual que murió de sida en el D.F. Etcétera.

En otras palabras, cada anotación biográfica es un verdadero microrrelato disfrazado de asunto bio-bibliográfico.

Sigo. Si aceptamos el juego literario de César Graciano, entonces, tendremos 21 relatos (el prólogo, las 10 fichas biográficas –verdaderos micros–, los 9 relatos y el epílogo).

Escojo para comentar, cinco relatos:

El cuento ‘Algo parecido al amor’. Me interesa por su colección de frases aforísticas intercaladas (‘con él supe lo hermoso que llega a ser el silencio’; ‘la vida de todos es igual, de una manera u otra’, etc.).

‘Humo’. Destaca por el contraste del tiempo real y el tiempo de la narración. El breve tiempo que dura recomponer un cigarrillo quebrado (seis rápidos y precisos pasos) es prolongado por varias páginas en reflexiones y flashbacks narrativos.

El cuento ‘Ver nevar’ de la loca ‘Carola Lavín’ (‘vive recluida en el manicomio municipal’). Es, creo, el mejor de los relatos. Es una colección de microrrelatos dentro del gran relato, todos los micros están unidos bajo el tema de ‘recordar al ver la nieve caer’.

El narrador va recordando su collar de perlas trágicas que le han sucedido durante nevadas pretéritas: ya un personaje se suicida, otro muere horriblemente, etc. Todo es contado por una voz elementalmente neutral, sin empatías hacia los muertos.

Una de las microhistorias es acerca de un joven que mira a una chica vestida de rojo, ella le roba un cigarrillo, él la persigue, tienen una noche de juegos de seducción y algún par de besos bajo la nieve, pero al despedirse, ella elige su muerte, se da al impacto del tren subterráneo.

Y así, el narrador va recordando otros eventos que ocurren durante el invierno (y sus nevadas): la mujer que mata a su marido por estar ‘harta de vivir encerrada’, el niñín suicida que se cuelga de un árbol, la violación tumultuaria y muerte (con escenas gore de jack-el-destripador) de la esposa del narrador, etc.

Todo contado sin aspavientos. En un tono que minimalista, nautral, deshumanizante.

  ‘El funeral’ cuento de ‘Braudel Castro’ que nos remite a una remota anécdota de primera juventud. Es el chavo que recuerda el día que debió ir a una creepy-funeraria y luego a un jardín-cementerio para despedirse de la siempre buena onda ‘tía Julia’.

Gracias al poder de observación del narrador, presenciamos los escenarios lúgubre-kitsch de la funeraria, el ambiente de cajas de muerto, los muertos fletados en la farsa solemne de toda capilla ardiente y los apayasados familiares dolientes. Eso que todos hemos vivido alguna vez.

El escenario (la ‘farsa’ dice el narrador) se divide en dos salas mortuorias: en una, un viejo patriarca sobreactuando la tristeza por la muerte de una de sus hijas. En otra sala, una madre joven (previamente madreada por su esposo) ante su hijo recién nacido y recién muerto y cuyo padre se acaba de colgar cual macho golpea-esposas arrepentido.

Dos momentos me llaman la atención de este cuento: El momento del anuncio de la muerte de la ‘tía Julia’ y la descripción del momento de su entierro.

El primer momento ocurre cuando el padre del narrador recibe la noticia de la muerte de la ‘tía Julia’, el narrador (‘Braudel Castro’) intercala eventos ajenos al hecho de la muerte anunciada. Con esto se evita todo sentimentalismo y nos desfamiliariza la experiencia de la muerte.

Va la cita: ‘mi madre entró a la cocina con cara de angustia, una rata asomó la cabeza desde un resquicio de la pared, en algún desierto del viejo oeste pasó una rodadora y dos vaqueros se enfrentaron a muerte; mi padre dejó el teléfono, la rata pasó por toda la cocina; las manos puestas aún en el teléfono le temblaban’, ‘uno de los vaqueros cayó muerto a mitad de un pueblo fantasma, afuera pasó un camión de bomberos. Rompió en llanto. El perro del vecino comenzó a ladrar….’

Tal vez el narrador está viendo esa escena del viejo oeste en la tevé o simplemente es una fracción de espacio-tiempo intercalada en el tiempo presente de la narración donde los personajes (má y pá) reciben la noticia de la muerte de la ‘tía Julia’.

El segundo momento ocurre en el evento del entierro. El narrador hace una reflexiona antisentimentaloide: ‘el día en que la tía Julia dejaría este lugar para formar parte de los sedimentos del planeta, alimentar bichos y hacer su parte dentro de la cadena alimenticia.’

La muerte no es una tragedia, es sólo el cumplimiento de un ciclo biológico en la inmensa escala de los eventos geológicos que etcétera. Es una reflexión interesante pues la separación de alguien querido no es un evento traumático: no hay necesidad de consuelo, es en el mejor de los casos un cierre de ciclo, una despedida sin más trámites que un paseo por el fascinante mundo de los decorados funerarios desde la perspectiva juvenil.

Y por último, el relato-epílogo ‘Notas de escritor’ (de ‘César Graciano’). Consta de una serie de breves notas separadas por asteriscos. Son citas y comentarios de los textos que integran el libro (la ‘antología’).

Llaman mi atención: la destreza fragmentaria, el hilado de micro anécdotas y la obsesiva actitud metaficcional del narrador. Metaficción a la manera Salvador Elizondo: ‘Yo me imagino imaginando a alguien que me imagina. Me convierte de facto en el personaje de mi personaje. Soy solo la ficción de mi ficción. Eso es escribir: ser ficción’.

Esa cita sirve de justificación temática del autor de la ‘antología’. Nos presenta en su juego de máscaras una identidad hecha de ‘identidades’. Estamos ante un ejercicio de Autoficción: cada personaje tiene algo de mí (unos más, otros menos), pero colectivamente son esa ficción que soy yo: ‘soy solo la ficción de mi ficción’, diría ‘César Graciano’, ese ente de ficción (a la manera nivolesca de Unamuno) que concluye en un tono de auto manumisión irónica: ‘Tengo un montón de notas sueltas y nada terminado. Qué culera es la vida, ¿no?’


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Micromentario Literario  Juarense 4 | § Brevelituras


Thursday, December 20, 2018

ADRIANA CANDIA: MUJERES ETERNAS (Micromentario 3)


Micromentario Literario  Juarense 3 | § Brevelituras

ADRIANA CANDIA: MUJERES ETERNAS
JM GARCÍA (NMSU)

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Adriana Candia, Mujeres eternas. Crónicas de Adriana (2017)

Adriana Candia es la precursora de la crónica breve fronteriza desde la perspectiva femenina

Sus crónicas (publicadas en los periódicos de los años 80) unen literatura y periodismo; estilo personal y giros idiomáticos juarenses; unen el ensayo y la descripción (a veces lírica) de un evento o de un personaje alegórico

El libro Mujeres eternas. Crónicas de Adriana, se puede leer como el archivo de una época y como la perspectiva literaturizada de una realidad. Dualismo textual: relatos literarios y literalidad testimonial

El artículo periodístico es útil y efímero: tiene fecha de caducidad, al cumplir su papel informador pasa a ser archivo para el antropólogo social y para el historiador

El texto literario, en cambio, busca trascender a través de un personaje memorable: una escena debe ser breve y perfecta

Un texto literario si es malo se olvida pronto, si es bueno (como son las crónicas de Adriana), se queda en la atmósfera interior de sus lectores

Leemos la crónica urbana para enterarnos de un suceso clave o de un personaje emblemático que representa una época, y para disfrutar de una perspectiva estética (lo que llamamos ‘el estilo literario’) que ha sabido condensar un momento real en palabras precisas

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Recordemos: en Ciudad Juárez hubo varios cronistas importantes que publicaron sus artículos en libros: Armando B. Chávez (El pensamiento y obra de ilustres chihuahuenses, 1976; Riqueza cultural y artística de Ciudad Juárez, Chihuahua, 1985); Ignacio Esparza Marín (Historia de la imprenta, 1978; Monografía histórica de Ciudad Juárez, 1986-1991); David Pérez López (Historias cercanas, 2004; Los años vividos, 2005), Raúl Flores Simental (Crónica en el desierto, 1994; Crónicas del siglo pasado, 2013), así como otros periodistas que escribieron sobre la vida nocturna juarense

Raúl Flores Simental es el que le da a la crónica juarense la categoría de excelencia literaria, con un estilo conciso, ameno, didáctico, y una propuesta emocional precisa: podemos ver el pasado a través del prisma de la nostalgia y el humor irónico

Adriana Candia escribió en su prólogo a Crónicas del siglo pasado lo siguiente: Flores Simental nos regala: un ‘tesoro de instantáneas’, ‘cápsulas de información’, ‘retratos de los juarenses en determinado momento o circunstancia’, ‘donde aparece la esencia de lo que hemos sido y somos’, con un dominio de ‘la frase, la palabra y la imagen exacta’, con ‘una gran dosis de nostalgia’, y ‘el toque lúdico’, ‘con su particular uso del lenguaje y la elección de una imagen especial arrancada del mismo pueblo’, son retratos de ‘personajes, costumbres, rituales y pasajes urbanos’

Con las crónicas de Flores Simental, apunta Adriana, ‘podíamos suspirar, sonreír, emocionarnos o simplemente vernos reflejados en unos cuantos pincelazos que pocas veces alcanzaron la extensión de dos cuartillas’. Su obra es ‘un compendio para la sociología o la microhistoria’ y un ‘cofre literario’, ‘una gran herencia, nuestro espejo’

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Regresemos a las crónicaS de Adriana: los personajes femeninos son alegorías de la víctima social: la sirvienta que cruza todos los días a El Paso, la mujer que vive las falsas oportunidades del subempleo, la que se renta para el baile, la luchadora, la que vende ropa usada, la indígena indigente, la soñadora que vive en la miseria absoluta

Adriana se enfoca en un personaje para hablarnos del ‘tejido social’ general, sus personajes son partes de un todo y ese todo es un contexto ‘disfuncional’: el irónico ‘mejor de los mundos posibles’ volteriano, el lugar que nos tocó vivir y dar de ese mundo un testimonio literario

El libro Las crónicas de Adriana ejerce la crítica cultural femenina: literatura ‘de género’, feminismo de facto, sí, pero desde la sátira: da gusto leer la mofa que Adriana ejerce contra la misoginia, la hipocresía oficial y el lenguaje encrático adocenado (esa gramática de lo mediocre celebrado por el poder). La sátira exige un lenguaje carnavalesco (a la manera Monsiváis), la literaturización de la palabra cotidiana revirada contra el enemigo cultural

Subrayo una estrategia literaria de Adriana: la brevedad. Son textos breves porque así lo exigía el formato periodístico: la media cuartilla o una cuartilla y media es la medida, el espacio que ‘generosamente’ ofrecen los diarios locales. Adriana logró hacer de ese problema la solución: en un mínimo de palabras, darle un máximo de significados. La economía obligó a la precisión, a la concisión, sobre todo a la densidad de ideas y comentarios

De las 42 crónicas, sólo dos se exceden a las 800 palabras: ‘Las tropas de entonces’: 863 palabras, ‘Pasajeros con destino…’: 891 palabras. En cambio, la mayoría de las micro-crónicas constan de 300/350 palabras, las más breves: ‘Canto, sudor y lágrimas’: 265 palabras, ‘Descubrió la espera’: 303 palabras, y ‘Una de vaqueros’: 313 palabras

Precisión de frases, uso de parodias contra el lenguaje dominante (el lenguaje tevecrático de la época). El riesgo: parodiar en un país donde apenas se conocen las referencias culturales-literarias (las referencias intertextuales, las citas (o)cultas que aparecen en cada una de las crónicas de Adriana. Hay que tener un conocimiento de la cultura de la época para gozar de las sátiras propuesta por la autora, esto lo sabe ella, de allí su glosario incluido en la última sección del libro)

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La crónica breve es un estilo, es un género, y también es un vehículo para expresar una ideología personal: la crítica social. La mayoría de las crónicas de Adriana son denuncias de una forma de injusticia; los personajes sirven de alegorías de la condición marginal. Detrás del humor literario está la responsabilidad de tratar temas serios en formatos breves, de anécdotas pensadas para hablar de lo que los sociólogos llaman ‘la subalternidad fronteriza’

No es un humor ‘facilista’, es un humor que a veces se vale de la retórica subtextual (escondida, ya lo mencioné) y extratextual (diálogos con otros textos de la época).
Son crónicas breves donde se condensa la simpatía por las víctimas sociales, la admiración por el ingenio de la sobrevivencia y contra la apatía de los que han originado esta condición sociopolítica

También (ahora) son crónicas de una fuerte emoción nostálgica. La nostalgia es una forma de sentir el pasado, lo vivido como una forma exclusiva, y a la vez compartida. Entendemos la nostalgia de Adriana en sus imágenes de (por ejemplo) un amanecer cubierto de nieve. Nieve que de una pincelada eliminó la fealdad de la ciudad construida a retazos, con las sobras del país vecino. La nostalgia es también literariamente selectiva y colectiva

Los recuerdos de Adriana son ahora nuestros

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Hablaré brevemente sobre algunas de las crónicas de Adriana, las que reflejan crítica social y las que hablan de una profunda emoción nostálgica

La micro crónica ‘Mazahua’, es la historia de una mujer indígena que llegó a Juárez huyendo de la miseria del campo mexicano; ahora vive en la miseria de la urbe juarense. Pobre y nostálgica:

‘Se acordó de aquel paisaje de Toluca que miraba cada mañana al despertarse. Un cielo amplio y limpio bordeando el cerro y sus verdores, confundiéndose con el humo de las casitas recién despiertas’. Su vida en Juárez es la de un personaje invisible, presencia ignorada, vida anclada en lo más amargo de la agonía social

 La micro crónica ‘Las que se van’. Es la historia de una joven que decide irse a Estados Unidos; sus planes, el suspenso sostenido del viaje, el cruce al otro país y su trabajo rutinario, cumplen el ciclo de un destino emblemático. La vida del personaje es la vida de millones de mujeres emigrantes:

 ‘Escribe de vez en cuando, llora alguna ocasión, trabaja diez horas diarias y piensa poco en volver porque ahora ya lo sabe: Como ilegal nunca tendrá la fortuna con la que una vez soñó regresar’

Es otro personaje más que vive más allá de la marginalidad: ella es el resultado de una sociedad que necesita esclavos desechables o deportables si acaso exigen algo tan remoto como es una existencia humanamente decorosa

 La micro crónica ‘Ranazos, y quebradoras’, es la descripción lúdica, humorística y también lírica de las reinas del costalazo, las luchadoras: ‘¡Chíngala! ¡Chíngala!’, silbidos, aplausos, ‘¡Mátala Canalla!’, ‘¡Mátala para que aprenda!’. Silbidos, piedritas, cáscaras de cacahuate, pedazos de naranjas, semillas y toda una colección de restos de comida masticables reciben a las mujeres luchadoras en la escena’

El ambiente adecuado para el espectáculo de lo estrafalario que los culturalmente pobres tienen por desfogue: ‘Suenan los ranazos, las planchas y las quebradoras; la asistencia aúlla, el réferi también patea y lucha, pero ellas siguen fingiendo sin hacerse daño’; ‘un último maromeo acaba con la pelea, los que pagaron se quejan y protestan con otra lluvia de cascarazos, pero ya hay vencedora y las dos sonríen mientras se encaminan al vestidor’. Adentro se dan la mano, reciben sus 30 mil y el espectáculo sigue afuera’

Gracias a la descripción, la enumeración de acciones rápidas que ocurren en el cuadrilátero, los que conocemos ese espectáculo, recordamos otros momentos del pancracio épico, y al mismo tiempo, gracias a la destreza literaria de la cronista, apreciamos haber presenciado un momento grave y patético del Arte del Costalazo

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Ahora cito y comento tres ejemplos de las crónicas de la nostalgia literaria (o notalgia por la matria) de la autora

 La primera, tal vez la más representativa del estilo de Adriana, se llama ‘Huele a lluvia’, es una crónica que se aleja del comentario social y se sumerge en los recuerdos personales, los recuerdos de niñez, que (entendámoslo así) es un recuerdo colectivo, un recuerdo ‘que hace comunidad’, como dijeran los sociólogos:

¿Qué juarense (de los años anteriores a la invasión a los cerros del poniente) no disfrutó de la lluvia de los veranos, sus olores a campo?

‘El inconfundible perfume a gobernadora y tierra húmeda eran el único, pero feliz anuncio de aquellas lluvias de verano repentinas; aroma de milagro sobre la tierra reseca, moribunda, ya para finales de junio; sólo unos momentos antes de los chaparrones que llenaban de alegría, aunque sea unos minutos, el lomerío y el desierto de Ciudad Juárez’

A unos el sabor, el olor de una magdalena, les da para la búsqueda del tiempo perdido, a otrxs, un olor a tierra mojada les da para recordar lo (posiblemente) mejor de los tiempos de ayer

 ‘Casa con pájaros’, es otra crónica o microrrelato que habla de aquellos ancianos que llegaron a Ciudad Juárez con sus costumbres campiranas, viviendo en casas con patios llenos de flores y tardes de conversaciones pausadas, y el constante escándalo de las aves en sus amplias jaulas:

‘La pareja gastaba las horas cuidando gorriones de plumaje simple, pero hermoso canto; cotorros habladores que sabían silbar y decir dos o tres palabras; loros, pajaritos de amor amarillos, azules y verdes y muchas aves más con plumajes bellos que comían frutas y semillas’

 Momentos que muchos juarenses vivimos, pero de los que sólo una autora guarda en la memoria colectiva de la crónica

 ‘A la puerta’, micro crónica dedicada a los vendedores ambulantes, los que ofrecían con sus gritos, (gama de estilos) las yerbas medicinales, la golosinas, los tamales

 ‘Todos estos hombres hacían un alto en nuestras sencillas vidas por unos minutos cada día; pero se quedaron en los recuerdos de aquellas calles polvorientas. ¿A dónde habrán ido ellos y cómo habremos quedado en su memoria?’

La memoria es una imagen poblada con frases que describen momentos, esos que Adriana vivió, que ahora vivimos a través de sus palabras

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Las características de una crónica perfecta fueron descritas por Adriana en su prólogo al libro de Flores Simental. Puedo decir que sus palabras se aplican también a Mujeres eternas, su propia obra: brevedad, literaturización, elección de personajes y eventos claves que perfilan en su microcosmos una ciudad y su interminable duplicación de destinos paralelos, similares, agónicos y nostálgicos

 Ante la gravedad de la vida efímera (parece decirnos Adriana) sólo nos queda dejarla para todos, bien escrita


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Micromentario Literario  Juarense 3 | § Brevelituras


Sunday, August 12, 2018

DIEGO ORDAZ: ESTERTOR DEL MUNDO (Micromentario 2)



Micromentario Literario  Juarense 2 | § Brevelituras

DIEGO ORDAZ: ESTERTOR DEL MUNDO
JM GARCÍA, NMSU
Julio 2018

Miguel De la Cruz escribió que el libro Permutaciones par el estertor del mundo (2017) de Diego Ordaz, se basa en una estética de la fealdad. De acuerdo.

Podría ser también que Permutaciones es un tour de force de un neo-decadentismo, una fascinación por la ultra-violencia y la exhibición de lo grotesco como alegoría de un eco sistema (naturaleza / ciudad) en proceso de inversión evolutiva.

Todo esto en un estilo que oscila entre el poema en prosa y el microrrelato posmoderno. Un hibridismo que a pesar de la pequeñez de libro (10x14 centímetros) y el laconismo de estilo, es de una lectura difícil por el uso frecuente de descripciones poético-neobarrocas.

Son 19 microrrelatos que cabrían cada uno de ellos en una página de un libro de bolsillo. Diego Ordaz los dividió en cuatro secciones, división un tanto artificial, pues todos podrían pertenecer (a escala diversa) de un decadentismo generalizado: la gallinita ciega del fin del mundo, la perrita sacrificada a golpes, la envenenadora de visitantes de un prostíbulo, la muñeca existencialista, etcétera.

Además, las abigarradas ilustraciones de Erick Nungaray reafirman y amplían (o amplifican) esa atmósfera de devastación, de violencia que enmarca los diversos registros victimológicos.

Escribiré en este micromentario sobre algunos de los relatos más interesantes y que re-presentan el decadentismo señalado.

‘La luz, la luz, la luz’. Es, creo, el mejor de los cuentos. Es la reflexión existencial (a la manera de un Roquentin de Sartre) de un personaje autoaislado, drogadicto, que abandonó la carreta de filosofía y que ahora trabaja de afanador en un hospital. En sus reflexiones es conciente de su condición: no puede sentir empatía hacia los enfermos del hospital. Es un ser marginal que odia el ritual del saludo cotidiano, la cortesía, el saludo, la conversación, el trato social.

Se sabe rechazado y sólo lo importa su rutinaria dosis de heroína: ‘Recorro día tras día pisos del hospital en busca de ropa sucia; no sonrío ni a los ancianos ni a los niños enfermos. Así llevo, sin mostrar empatía alguna tampoco a los doctores ni enfermeras, dos, casi tres meses’.

Sí, el personaje reflexiona y lo hace de manera lacónica, precisa (palabra que se repite una y otra vez en los cuentos de Ordaz), yo diría, aforística, como al final del cuento, cuando se regodea de su soledad: ‘Si pronto no muero, si no logro la sobredosis de heroína en las tapias junto a las vías del ferrocarril, estaré aislado de cualquier manera, astuto y expectante, muy solo, tanto como una estrella muerta ya hace siglos’.

Estas reflexiones, se pueden aplicar al desfile de personajes decadentes del libro. Todos parecieran actuar motivados por un sentimiento del mal, ser la Maldad Misma (latente o manifiesta). La atracción del acto criminal o el inicio causal de futuros actos criminales.
 Cuento ‘La gallina’. Imaginemos que la única sobreviviente de la total destrucción del mundo, es una gallina encerrada en un cuarto sin techo. Es una gallina hambrienta y ciega. Alegoría exacta de una victimología extrema. Y la descripción de Ordaz de ese mundo devastado nos lo deja en su justa dimensión dramática: 'Había que tantear las paredes, sentirlas con el eco de sus pasos, con el sonido refractado de los incipientes jadeos: las agujas de los primitos [...] habían sido inclementes y precisas.'

Sobra decir que la gallinita representa la desesperación humana. El narrador parece indicarnos que la gallinita tiene cierta conciencia de su suerte y de su entorno. La conciencia de su condición (para eso están el narrador y el lector) nos obliga a empatizar con el ser más inerme de nuestra cultura (culinaria) infestada de tragedias: unos ‘primitos’ le picaron los ojos, aislada en un pequeño cuarto, separado de ese mundo post-apocalíptico para vivir su propia agonía interior.

Microcuento ‘La quiebra. Ahora imaginemos un momento antes de la destrucción total del mundo, imaginemos a unos niños dedicados a la tarea de sacrificar a una perrita: 'los niños son inclementes, precisos, obedientes: la han sujetado bien [...] Tiran la bolsa, la rodean, toman la tabla y le dan duro, en turnos, la niña con más fuerza.' La perrita es otro animal victima de la maldad humana.

Al igual que en ‘La gallina’, en este microrrelato hay unos niños dedicados a la tortura de animales (el ser humano ‘deshumanizado’, dedicado a la ‘precisión’ destructiva de la naturaleza).

Permutaciones par el estertor del mundo nos ilustra sobre un final anunciado por la suma de maldades humanas, las micro canalladas-criminales, las agonías de las víctimas, todo en un ambiente de muladares, baldíos, prostíbulos, cantinas de mala-muerte, callejones donde todo es una amenaza, la vida nocturna habitada por masturbadores, borrachos, prostitutas, seres de un país que (como dice un poeta de Monterrey parodiando a W. M. Branham), se está cayendo a pedazos.

Agregaré que Diego Ordaz intercala en sus relatos frases aforísticas dignas de retomar, son verdaderos minifestos de la decadencia, doy 3 ejemplos:

Reflexiones post-apocalípticas de una muñeca sin piernas. ‘Los grandes edificios y los pensamientos, más abstrusos serán nada; tampoco quedarán esa poesía trascendente, el escritor genio, la gran obra del dictador, la magnífica democracia ni el amor eterno que se juraron los amantes en la más venturosa de las noches.’

Frases de un antisocial:
‘La sonrisa, esas manifestación aberrante del ideal romántico es un himno genuino a la estupidez compartida, humana’.

‘Se me ocurre que mis silencios son el estado poético de mi ética: no saludo pero obedezco, hago de manera precisa mi trabajo’.

Amén.


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Micromentario Literario  Juarense 2 | § Brevelituras